Педагогика света · перевод

Pedagogía de la luz

1. El niño es Dios

El niño es Dios. Vivimos para el niño. Y el niño vive para vivir. Nuestra tarea es hacer posible que el niño viva, ayudarle a ponerse en pie, ayudarle a ser él mismo.

El niño es una persona independiente, con sus propios deseos, necesidades, inclinaciones, opiniones, sentimientos y su propio mundo interior.

El niño es inviolable. Para el niño, el centro es él mismo. Por eso debemos vivir y trabajar para él, no para lo que le resulte cómodo a un adulto, para lo que un adulto quisiera o para lo que alguien haya dicho que debe hacerse.

Tenemos la obligación de amar al niño. Su opinión debe importar. Sus sentimientos importan.

Las necesidades y los deseos del niño deben respetarse no tal como los entendemos nosotros, los adultos, sino tal como los ve y los vive el propio niño. Debemos preguntarnos sin cesar: «¿Cómo hacer para que el niño esté bien, y no yo, no el adulto?»

Debemos desarrollar las cualidades que el niño ya tiene, sus capacidades, intereses, inclinaciones y su propia personalidad, y no convertirlo en la persona que los adultos quisieran que fuera.

Al tomar decisiones que afectan al niño, debe tenerse en cuenta su opinión. Se fomentan las conversaciones con el niño para conocer lo que piensa sobre uno u otro asunto, saber qué quiere, cómo quiere vivir su vida y quién quiere ser.

El niño no es un esclavo, ni una criatura sumisa, ni un material del que un adulto tenga derecho a moldear lo que se le antoje. La fórmula autoritaria «cállate y haz lo que te dicen» es inadmisible. Obligar a un pequeño ser humano a obedecer las órdenes de otra persona no es otra cosa que violencia contra Dios.

2. El mundo interior es más importante que los conocimientos

Lo principal es la luz que hay en el niño: que le brillen los ojos.

Lo más importante para un niño es que lo quieran, que alguien lo necesite, que alguien lo comprenda y que tenga cerca personas a las que pueda acudir, contarles cosas, compartir algo con ellas. Las relaciones con los padres, los amigos, otros niños y las relaciones personales son la base de la personalidad.

Sentirse innecesario es uno de los grandes males de la vida humana. Sentirse innecesario para otros niños y adultos puede paralizar la vida interior del niño, destrozar su alma y llevarlo a un estado en el que no sabe cómo vivir o no quiere vivir. Por eso, la primera tarea de la escuela y del maestro es ocuparse de construir el mundo interior de los niños: ayudarles a encontrar amigos, comprender sus sentimientos, expresarse, comprenderse a sí mismos y a otras personas. Y solo después se puede hablar de libros, historia, cultura, ciencias naturales y todo lo demás. Los adultos deben preguntarse: «¿Qué hay en el corazón del niño? ¿Le duele? ¿Está solo? ¿Tiene amigos? ¿Siente que alguien lo necesita? ¿Es libre? ¿Puede defender su propia opinión?».

¡La escuela debe ocuparse de los niños, no de los informes sobre los niños!

3. Aprendizaje a través de la experiencia, el interés y la vivencia

Los conocimientos deben entrar en el mundo de la persona a través de la experiencia vivida: mediante el interés, el juego, la curiosidad, la competición y la interacción con otros. El niño no debe limitarse a oír o leer algo. Debe verlo, probarlo, hacerlo, investigarlo, compararlo, discutirlo, construirlo con sus propias manos, jugar, comprobarlo: en una palabra, vivirlo. Fomentamos enormemente las actividades compartidas, los acertijos, los problemas sin resolver, las preguntas que aún no tienen respuestas preparadas, los juegos, las investigaciones, los experimentos y la creación de cosas con las propias manos.

Hay que hacer actividades interesantes con los niños. El conocimiento no debe meterse a la fuerza en la cabeza de una persona. Con amenazas, humillaciones y gritos, el conocimiento no se convierte en parte de la persona. Entra solo para salir cuanto antes.

El interés es uno de los principales caminos del aprendizaje. El niño debe tener la posibilidad de investigar el mundo real, y no limitarse a repetir fórmulas ya hechas siguiendo a un adulto. Hay que ayudar al niño a ver, observar, hacer preguntas, buscar respuestas, dudar y sacar conclusiones: formar un pensamiento independiente.

4. Las calificaciones no son el objetivo de la educación

¡No debe haber calificaciones en el aprendizaje! No solo en la escuela: en ningún tipo de aprendizaje. Una calificación se convierte con demasiada frecuencia en un mecanismo de control sobre el niño y en una forma de obligarlo a hacer algo que no ha llegado a interesarle.

La manera de tratar a un niño no debe depender de sus éxitos académicos. Una persona no se vuelve mejor por sacar un diez ni peor por sacar un dos. Las calificaciones no tienen nada que ver con la felicidad del niño. Pero pueden convertirse en una fuente de estrés, humillación, miedo y trauma psicológico.

El proyecto educativo que creé se llama «Dos». Le puse ese nombre para llamar la atención de los padres, los docentes y todos los adultos sobre el hecho de que el fenómeno de las calificaciones y el trato al niño en función de sus resultados escolares lleva al suicidio entre los jóvenes y ejerce un efecto opresivo, estresante y negativo sobre la psique.

No debemos dividir a los niños en buenos y malos según lo bien que realicen las tareas que les proponen los adultos. Debemos crear no un sistema de evaluación del niño, sino un sistema de apoyo, motivación y fomento del desarrollo. El niño viene a nosotros no para que lo midamos y le indiquemos su lugar entre los demás, sino por la luz, la libertad y el amor.

5. La violencia contra el niño y su humillación son inadmisibles

Los castigos físicos son categóricamente inadmisibles.

Son categóricamente inadmisibles las formas humillantes de tratar a un niño. No se puede gritar a un niño. No se puede descargar sobre él la propia frustración. No se le puede humillar, intimidar, quebrar su voluntad ni tratarlo como si fuera un esclavo o una criatura sumisa obligada a cumplir sin cuestionar las órdenes de un adulto. El niño tiene su propia voz. Los adultos no tienen derecho a quitarles la voz a los niños.

El maltrato psicológico y emocional de niños y adolescentes también es violencia. Puede manifestarse en gritos e intimidación: «Cállate y haz lo que te dicen»; en insultos y humillaciones: «Eres tonto»; en amenazar con privarlo de amor y afecto: «Si te portas así, dejaré de quererte»; en menospreciar sus sentimientos: «Deja de llorar», «¿Qué problemas puedes tener tú?»; en hacer que el niño se sienta innecesario: «Solo das problemas»; en hacerle sentir culpable: «Lo hacemos todo por ti y así nos lo agradeces»; en humillarlo comparándolo con otros: «Mira a tu hermana: ella sí es una niña normal. ¿Y tú qué?»; en ignorarlo como castigo: «Ahora mismo, para mí no existes»; en reprimir su propia opinión y voluntad: «Nadie te ha pedido tu opinión», «Mientras vivas bajo mi techo, harás lo que yo diga»; en invadir su vida privada: «No puedes tener secretos conmigo»; en burlarse de sus miedos, aspecto, sentimientos o relaciones personales: «¿Qué amor ni qué nada a tu edad?»; en humillarlo en público: «Miren todos: otra vez eres el único que no ha hecho nada».

No se puede justificar la violencia como educación. No se puede justificar la humillación con la preocupación por el futuro del niño. No se puede justificar un grito diciendo que el adulto está cansado. No se puede justificar la coerción diciendo «así será mejor». Si surge un conflicto entre un niño y un adulto, la tarea del adulto no es someter al niño, sino tratar de comprender qué ocurre, hablar con él, escucharlo y encontrar una solución que respete al niño como ser humano.

El niño es un ser humano. Quiere ser feliz. Quiere que lo comprendan. Quiere que lo quieran. Quiere tener amigos, tener derecho a su propia opinión, derecho a sentir, derecho a querer, derecho a equivocarse y derecho a ser él mismo. El niño no es un esclavo. El niño es nuestra felicidad y nuestra luz. ¡Y debemos hacer todo lo posible para que al niño le vaya bien!